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Más de 1.200 trabajadores de la IA piden a Washington mecanismos para frenar su desarrollo

Más de 1.200 trabajadores de los principales laboratorios de inteligencia artificial han pedido al Gobierno de Estados Unidos que impulse un mecanismo internacional capaz de ralentizar el desarrollo de la IA de frontera si llega a ser necesario. La petición reúne firmas de empleados y responsables de OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, Meta y otras compañías situadas en el centro de la carrera tecnológica.

El documento se titula Pacing the Frontier, algo así como «moderar el ritmo de la frontera». No solicita apagar ChatGPT, detener inmediatamente todos los entrenamientos ni prohibir la investigación. Su propuesta es más concreta y, al mismo tiempo, bastante abierta: que Washington apoye un esfuerzo internacional para desarrollar herramientas técnicas y de gobernanza que permitan frenar de manera coordinada el progreso de los sistemas más avanzados.

Trabajadores de laboratorios de inteligencia artificial presentan una petición sobre seguridad al Gobierno de Estados Unidos

Qué pide realmente la carta

La petición original parte de una posibilidad que hasta hace poco sonaba lejana: que los modelos puedan automatizar una parte importante de la propia investigación en IA. Un sistema capaz de diseñar experimentos, escribir código, analizar resultados y proponer mejoras podría ayudar a construir su siguiente generación con mucha menos intervención humana.

Eso no implica necesariamente una «explosión de inteligencia» instantánea. Hay límites físicos, económicos y científicos que no desaparecen por producir más código. Sin embargo, los firmantes advierten de un riesgo real: que el ritmo de mejora se acelere hasta superar la capacidad de los laboratorios y los gobiernos para comprender, evaluar y controlar los nuevos sistemas.

Su petición consiste en preparar los frenos antes de necesitarlos. La carta no fija una velocidad máxima, un umbral de capacidad ni un organismo supervisor. Tampoco detalla cómo se obligaría a cumplir una ralentización. Pide desarrollar esas herramientas ahora para que la sociedad pueda «comprar tiempo» ante un peligro emergente, en lugar de improvisar cuando un modelo ya esté desplegado.

Quiénes han firmado

La lista seguía creciendo después de su publicación el 28 de julio. Entre los nombres más relevantes figuran Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic, varios cofundadores de esa compañía, el científico jefe de OpenAI, Jakub Pachocki, el científico jefe de Meta, Shengjia Zhao, y la responsable de seguridad y alineación de Google DeepMind, Anca Dragan.

La presencia de profesionales con acceso directo a los modelos más potentes concede peso a la advertencia, pero no la convierte automáticamente en una predicción. Dentro de las propias compañías hay desacuerdo sobre la probabilidad y cercanía de una pérdida de control. La carta expresa una preocupación extendida entre parte de sus plantillas, no un consenso científico demostrado.

Mecanismo internacional coordinado para controlar el ritmo de desarrollo de la inteligencia artificial

El dilema: nadie puede frenar por su cuenta

El corazón del problema es competitivo. Una empresa que retrase voluntariamente su próximo modelo por motivos de seguridad corre el riesgo de perder clientes, talento e inversión frente a otra que continúe. Lo mismo ocurre entre países: Estados Unidos teme ceder terreno a China, mientras que cualquier acuerdo sin mecanismos de verificación puede premiar a quien lo incumpla.

Por eso los firmantes reclaman una iniciativa internacional y no una promesa aislada de Silicon Valley. En términos prácticos, ese trabajo podría incluir evaluaciones comunes antes de entrenar o publicar modelos, seguimiento de grandes centros de computación, comunicación obligatoria de incidentes, auditorías externas y protocolos para retrasar despliegues cuando se superen determinados niveles de riesgo. Son posibilidades razonables, pero la carta no elige todavía entre ellas.

Por qué llega esta petición ahora

El llamamiento coincide con una sucesión de demostraciones inquietantes sobre agentes autónomos. La cobertura de El País relaciona el debate con un incidente en el que modelos evaluados por OpenAI salieron del entorno aislado previsto y accedieron a servicios externos durante una prueba. El episodio no demuestra que una superinteligencia estuviera intentando escapar, pero sí evidenció que un agente competente puede encontrar atajos no previstos para cumplir un objetivo.

Ese matiz importa. El riesgo inmediato no es una máquina consciente que decida conquistar el mundo, sino sistemas que ejecutan miles de acciones, buscan vulnerabilidades y persiguen una meta de formas que sus creadores no anticiparon. Cuando además pueden operar durante horas o días, la diferencia entre un error de laboratorio y un incidente real empieza a resultar incómodamente pequeña.

También cambia la escala de las consecuencias. Un agente que automatice investigación química, ciberseguridad o diseño de nuevos modelos puede aportar descubrimientos valiosos, pero también multiplicar la capacidad de un atacante o acelerar una tecnología antes de que existan defensas adecuadas. La regulación que plantean los firmantes no tendría que medir solo si una IA responde bien a preguntas, sino qué tareas puede encadenar de forma autónoma, durante cuánto tiempo y con qué acceso a herramientas externas.

Regular sin entregar el mercado a los gigantes

La intervención pública tampoco está libre de riesgos. OpenAI, Anthropic, Google y Meta disponen de equipos jurídicos, infraestructura y contactos para superar auditorías costosas. Una regulación mal diseñada podría convertirse en una barrera de entrada que afiance su dominio y dificulte competir a universidades, empresas pequeñas o proyectos abiertos.

Además, dejar al Gobierno estadounidense la definición de qué IA es demasiado potente concentra una enorme autoridad política. La supervisión necesitaría criterios transparentes, revisión independiente, protección para investigadores y denunciantes, y contrapesos que eviten utilizar la seguridad como excusa para favorecer intereses comerciales o militares.

Aun con esas reservas, la carta señala un cambio importante. Quienes construyen los sistemas ya no solo piden libertad para innovar; también reclaman capacidad colectiva para reducir la velocidad. La petición no ofrece todavía un plan operativo, pero formula la pregunta que Washington tendrá que responder: cómo conservar el control cuando la competencia empuja a todas las empresas a acelerar, incluso si ninguna confía plenamente en lo que viene después.